
jueves, 10 de marzo de 2011
Y sí...

viernes, 4 de marzo de 2011
"La gente está muy loca"
Hoy caminaba medio dormida hacia el trabajo hablando por teléfono cuando, sin quererlo, me choqué con un señor. No fue un choque grande, sólo mi brazo contra su pecho, me dolió un poco por lo que supuse que a él también. El impacto provocó que mi celular volara un metro desarmándose y, por razón lógica me agaché a juntar las partes y me dí vuelta para pedirle disculpas al señor. Qué ilusa. No terminé de girar sobre mi eje cuando comencé a escuchar sus gritos de sexagenario violento:
"¡NO PODÉS CAMINAR ASÍ Y GOLPEARME, ENFERMA, LOCA, HABLANDO POR EL CELULAR! ¡TENÉS QUE MIRAR POR DÓNDE CAMINÁS, ENFERMA!"
Lo único que pude hacer fue mirarlo pasmada por el grado de agresividad de su reacción. Mientras retomé mi camino, armando el aparato en mis manos, comencé a llorar. Nunca me sentí tan injustamente agredida por un desconocido.
Al llegar al trabajo y al ver mi cara, mis compañeros me fueron preguntando uno a uno por qué los ojos hinchados y cada vez que lo contaba, comenzaba a llorar recordando la reacción del señor. La respuesta de todos fue la misma "La gente está muy loca".
Me chupa un huevo que la gente está loca, nadie, NADIE tiene derecho de gritarle así a una persona sin siquiera esperar a ver si va a pedir disculpas. Yo también tengo días en los que ando loca y no por eso le grito "Enferma" a la gente en la calle. Y si alguna vez se encuentran con el señor que les cuenta esta historia indignado, díganle que mientras hablaba por teléfono, cinco metros antes de cruzármelo, lo miré a los ojos. Llevaba una chomba color maíz con los vivos de las mangas en blanco, pantalón claro, anteojos, canoso y sostenía una carpeta en sus manos. Y que si no vió que lo miré a los ojos, me parece que la que anda caminando enajenada en su mundo, no soy yo.
jueves, 3 de marzo de 2011
miércoles, 2 de marzo de 2011
Espeluznantemente bella
Esa fascinación que nos provocan las cosas bellas que nos dan un poco de miedo...
lunes, 28 de febrero de 2011
Pregunta
¿Qué tienen en común una botella de vino, un cepillo de dientes, un trapo, un especiero, un pincel redondo, una caja de té, un imán, un marcador indeleble, una tijera, un encendedor y un cenicero?
Qué por alguna razón todos están en la mesada de mi cocina.
viernes, 25 de febrero de 2011
Pequeños logros caseros de vivir sola.
Esta es la primera vez que vivo sola. Pero sola sola. De pequeña viví mayoritariamente con mis madres y part-time con mi padre. En Suecia, viví con la familia sueca. Al volver me mudé con amigos y durante un corto tiempo viví con mi ex. Pero ahora, hace más o menos nueve meses, vivo sola. Ningún parto.
Diría que no me resultó muy difícil. No sé si el hecho de haber sido hija única influyó (pasaba bastante tiempo sola, al menos más que la gente que nació en familias más grandes) y mis madres trabajaban mucho, por lo que a partir de los 14 años gozaba de tardes enteras sola en mi casa, al menos cuatro veces a la semana. Es verdad, me tocaba cocinar la cena al menos dos noches, sabía usar el lavarropas (aunque mis madres tenían que correrme para que lo accionara) y si bien contábamos con una ayuda para la limpieza, sabía al menos para que servía cada producto de debajo de la mesada. No era un haz hogareño, pero más o menos entendía por donde venía la mano.
Pero desde que vivo sola, se han presentado ciertas tareas que me han planteado pequeños desafíos, entre ellas el día que me compré el televisor y el día que me regalaron un lavarropas.
Aclaremos de antemano que ni las películas, ni las series ni las novelas ayudan mucho: generalmente hay un novio/marido o al menos un cancherón (que se quiere levantar a la chica) que le instala el televisor, por más que sea sólo mover un cable. Y como, lamentablemente, suelo mirar cosas yankis, si no hay hombre hay hombre instalador de cosas (¿vieron que en las películas hay "técnico" para todo?).
El día que traje el televisor (con la ayuda de mi prima, porque es un televisor grande), la lucha comenzó con colocarle la base para que se quedara parado. Lo puse patas para arriba en el sillón, le encastré la base y cuando lo dí vuelta para ponerlo sobre el mueble la base se cayó. Dicha operación se repitió tres o cuatro veces para descubrir que tenía que atornillarla a la pantalla. Qué boluda... No por mi culpa, sino por el empeño de los señores de Cablevisión para enroscar los adaptadores de la antena como si el mundo dependiera de ello, tardé media hora, pinza del vecino de por medio y dolor de nudillos, para poder conectar el cable a dicho aparato.
Pero ayer... Ayer directamente tuve un entrenamiento físico. Levantar el lavarropas para sacarlo de la base de telgopor me dejó exhausta a los cinco minutos de haber comenzado la tarea de instalarlo. Sudando la gota gorda (o al menos yo creía que eso era sudar la gota gorda) abrí el manual para enterarme que los lavarropas tienen tornillos (tipo tuerca) de seguridad. Bueno -dije- tuercas... Eso se desenrosca... No le veo el problema. Admito que mi kit de herramientas es limitado (mil destornilladores, un martillo y una pinza pequeña) pero no sabía que tenía que tener una llave T para instalar el lavarropas. Por lo que supuse que mi pinza pequeña tenía que servir.
Después de 10 minutos de darle a la primera tuerca estaba convencida de que los que embalaban los lavarropas eran los mismos que ajustaban la ficha adaptadora de Cablevisión. Trabajaba a dos manos, repasador de por medio para no hacerme más daño del necesario. Las poses que adopté para agregar fuerza eran dignas del kamasutra, tenía la cara colorada y transpiraba profusamente, mientras enunciaba coloridas frases como "¡Dale hija de puta!" y llorisqueaba cuando me cansaba. Pero finalmente, 20 minutos después, lo logré. Acomodé el aparato en su lugar, realicé las conexiones pertinentes, lo enchufé y abrí el manual de instrucciones para realizar el primer lavado, sin ropa y con el agua a temperatura máxima (tal como dice el librito). Estudié cuidadosamente las veinticinco detalladas y maravillosas funciones, para elegir finalmente la número ocho, que fue la única que realmente entendí.
Mi odisea fue tan heroica como insignificante y mucha gente puede pensar que una cosa tan estúpida no puede causar tanta felicidad, pero reconozco que cuando vi el agua en el tambor y comenzaron las primeras revoluciones, no pude hacer menos que dar unos saltos a la voz de "¡Fun-cio-nó! ¡Fun-cio-nó!", mientras mi gata salía corriendo y mis vecinos pensaban "Por favor, esa chica está loca".
martes, 22 de febrero de 2011
¿Algún día volveré a escribir?
Paso cada tanto por acá... Lo miró, lo leo, leo los comentarios... Hace unos días me animé a mostrárselo a mi mamá...
¿Volveré a encontrar algo que me inspire a escribir? Como se habrán dado cuenta, no requiero de asuntos muy profundos... Algo... Alguito... Un poquitito nomás...
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